UN MUNDO DESPUES- COVID-19 APORTACIONES DE LAS CATEDRAS UNESCO - Gabinete Literario

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UN MUNDO DESPUES- COVID-19 APORTACIONES DE LAS CATEDRAS UNESCO

 

 

 

 

 

 

  1. Miguel Moreno Muñoz

Humanística

Granada, 28/05/2020

Miguel Moreno Muñoz

Profesor Titular de Filosofía-Universidad de Granada

 

  • Salud pública y gestión de riesgos globales

 

Los países desarrollados subestiman de modo imprudente el riesgo de fenómenos potencialmente catastróficos. La última década evidencia la vulnerabilidad de continentes enteros a sequías, inundaciones, incendios, huracanes o tsunamis, con impactos de tal magnitud que superan las capacidades y recursos estatales o regionales para emergencias y protección civil. En el Levante español, las DANAs de finales de 2019 pusieron de manifiesto limitaciones impropias de países desarrollados en los sistemas de alerta y gestión de riesgos.

 

Las condiciones que originaron y favorecieron la dispersión global del virus SARS-CoV-2 subrayan la importancia vital de coordinar entre países y continentes los programas de salud pública, incluyendo la disponibilidad de equipamiento sanitario y personal entrenado para coordinar los sistemas de alerta y respuesta. Por mera supervivencia, urge financiar la investigación anterior y posterior a las catástrofes, para reducir en lo posible la incertidumbre sobre los factores que agravan su impacto en la población más vulnerable y prevenir o mitigar sus efectos. Esta tarea resulta imposible sin cooperación técnica y liderazgo internacional, fortaleciendo las instituciones con mayor experiencia en afrontar desafíos globales (OMS, FAO, UNESCO, PNUD, redes de cooperación científica como el IPCC, etc.).

 

El impacto desigual de la COVID-19 muestra las debilidades de países e instituciones incapaces de desplegar medidas preventivas eficaces por depender en exceso de instancias fuertemente ideologizadas. Sin instituciones capaces de gestionar conocimiento experto, con independencia y credibilidad, la deliberación democrática se empobrece y las ineficiencias por decisiones tardías o desafortunadas terminan perjudicando a la población más vulnerable, además de agravar todo tipo de desastres.

 

Las cifras de fallecidos en residencias de mayores son el síntoma de una cadena de disfunciones y carencias sociosanitarias que obligan a revisar en profundidad tanto la formación y capacitación de gestores y trabajadores como el esquema de rendición de cuentas bajo el que se han adjudicado estos servicios. Las secuelas de la privatización en sanidad y la externalización de servicios sociales fueron denunciadas en decenas de manifestaciones por miles de trabajadores precarizados. Sin evidencia sobre la mayor eficiencia del modelo privado frente a los sistemas de gestión pública, hay una presunción de irresponsabilidad punible sobre quienes forzaron el actual marco regulador y las condiciones en que adjudicaron la prestación de servicios a entidades o consorcios privados, antes y después de la Gran Recesión.

 

Los escenarios de catástrofe son vistos por muchos actores como fuente de oportunidades y beneficios. Pero cuando escasean equipos y bienes esenciales se constata que las leyes del mercado no responden al interés general, pues incentivan el fraude y el lucro desmedido de los actores con menos escrúpulos. Sin un marco regulador basado en la cooperación internacional para garantizar mecanismos de resiliencia en materia de salud pública y prevención de catástrofes, la eficacia de las cadenas globales de suministro queda en entredicho y al albur de quienes parten de una posición más ventajosa.

 

La precariedad en la que trabajan millones de personas en tareas esenciales, así como los riesgos nada excepcionales a los que se exponen el personal sanitario, agricultores, transportistas y fuerzas de seguridad, no son un fenómeno reciente ni desconocido. No era necesaria una pandemia para abrir los ojos. Salarios bajos, turnos extenuantes y condiciones inaceptables en los lugares de trabajo son una realidad transversal, que afecta tanto a personal sanitario como a quienes cuidan de personas mayores y dependientes o trabajan en el sector agropecuario.

 

Estamos a tiempo de acordar una agenda social y de resiliencia común, sustentada en acuerdos intercontinentales para evitar el colapso de los ecosistemas y proteger a la población vulnerable de amenazas con una magnitud desconocida. Es el momento de repensar las dependencias tecnológicas e industriales, para reorientar las inversiones bajo criterios de equidad, sostenibilidad, eficiencia y visión a largo plazo de las necesidades.

 

Cambiarán algunas cosas tras la pandemia; pero es improbable que desaparezca la red de intereses que sustenta toda la maquinaria de intoxicación informativa, negacionismo práctico y distorsión del debate público. Sus efectos son letales en problemas de salud pública y ante la complejidad de los desafíos ambientales. La mediocridad y el sectarismo se han incrustado en muchas instituciones cuyo funcionamiento no puede responder al interés general sin garantías de independencia, profesionalización y rendición de cuentas.

 

Es el momento de invertir en todos los niveles del sistema educativo para mejorar su infraestructura, recursos humanos e instalaciones bajo criterios de resiliencia e innovación inclusiva. Las metodologías innovadoras y la adaptación tecnológica no pueden entrar en las aulas a golpe de catástrofe. La digitalización constituye un desafío para empresas y centros educativos desde hace décadas.

 

La falta de medios entre el 15-20% de los estudiantes que ahora tienen dificultades para seguir la docencia no presencial ha sido un problema siempre, con proporciones devastadoras en algunas zonas. Recortes, masificación y carencias de formación solo han amplificado en la escuela pública las secuelas de una gestión propia de tecnoretrones sin más horizonte que la jubilación.

 

Resulta difícil esperar soluciones de una generación de líderes políticos que parecen llegados al poder con agenda y actitudes equivocadas, si consideramos la magnitud y complejidad de los desafíos en el escenario abierto tras la pandemia. Pero sean cuales sean sus luces, virtudes y referencias ideológicas, el azar y las urnas les han colocado en medio de una crisis terrorífica para decidir y hacer con premura e incertidumbre. De su disposición a cooperar y trabajar cada minuto por el interés general depende tanto la credibilidad y continuidad del sistema democrático como la calidad de vida y el futuro de millones de personas en los próximos años.

 

 

Granada, 28/05/2020

Miguel Moreno Muñoz

Profesor Titular de Filosofía

Universidad de Granada

 

 

Dña. Angeles Sanchez Elvira.  Cátedra UNESCO de Educación a Distancia de la UNED,

Humanística

 

 

  • LA COVID-19 DESDE LOS ESTUDIOS PARA LA PAZ: PENSAR EN EL HOY PARA IMAGINAR EL MAÑANA

 

  1. ¿Cómo nos ha afectado la Covid-19 personal, académica y profesionalmente?

 

La mayoría de las personas asistentes al encuentro destacan que la situación causada por la crisis de la Covid-19 ha sido un gran desafío. De forma sobrevenida, han tenido que cambiar su forma de relacionarse, sus hábitos y sus rutinas, para lo que se han visto obligadas a pasar por un amplio proceso de adaptación. En este sentido, señalan que las primeras semanas fueron especialmente difíciles por la incertidumbre que les acechaba, aunque, poco a poco, han ido adaptándose. Este proceso de adaptación ha sido más complejo para las personas que no han podido retornar a sus países de origen, al sentirse lejos de sus familiares. Así, reconocen haber sentido rabia, impotencia o desánimo en algunos momentos, sentimientos que, también, es adecuado aceptar para aprender a convivir con ellos.

 

Desde un punto de vista positivo, las personas asistentes al encuentro destacan que, durante estas semanas, han sido capaces de aplicar la creatividad, tan demandada desde los Estudios para la Paz, a la hora de afrontar los desafíos con los que se han ido encontrando en su vida diaria. Esta situación de cambios sobrevenidos les ha retado a superarlos desde su propia resiliencia y, también, a enriquecerse con nuevos aprendizajes y experiencias diferentes a las cotidianas. Así mismo, señalan que, durante estos meses, han podido estar en relación con sus compañeras y compañeros, muy conectados los unos con las otras, poniendo en valor la solidaridad y dando prioridad a sus sentimientos. Sin duda, esta situación les ha permitido la revalorización de las cosas simples de la vida, como son el contacto con los seres queridos, las muestras de cuidado, cariño y afecto y los pequeños placeres diarios, entre otras.

 

  1. ¿Qué análisis podemos hacer de la Covid-19 y sus efectos desde la filosofía para la paz?

Durante el encuentro, al analizar la Covid-19 y sus efectos, se concluye que, desde el ámbito de la Filosofía para hacer las paces, tomando en consideración su objetivo hacia la transformación pacífica del sufrimiento humano y de la naturaleza, la perspectiva intercultural e interdisciplinar, así como las diferentes maneras que tenemos de hacernos las paces, se puede reivindicar los presupuestos del llamado Giro Epistemológico propuesto por el profesor Vicent Martínez Guzmán. En este sentido, se demanda:

 

* La intersubjetividad, que muestra la importancia de concebirnos como seres humanos que estamos en relación, que nos necesitamos las unas a los otros. Con ello, se descubre el rol que debe jugar la solidaridad y la cooperación en todos los ámbitos.

 

* La primacía de los valores para considerar que nada es objetivo, sino que todo lo que sucede a nuestro alrededor es valorado por nosotras y nosotros, desde nuestros contextos, entornos, circunstancias y experiencias de vida. Ello supone, al mismo tiempo, la recuperación de valores como la paz.

 

Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz

MÁSTER UNIVERSITARIO Y DOCTORADO EN ESTUDIOS INTERNACIONALES DE PAZ, CONFLICTOS Y DESARROLLO

 

* La performatividad, que nos impulsa a pedirnos cuenta por todo lo que nos hacemos, decimos y callamos. De ahí, la importancia del diálogo y de la comunicación.

* El cultivo de una actitud activa, que nos haga partícipes a todas las personas en la toma de decisiones.

* El reconocimiento a la interculturalidad, con la que promover la revalorización de las diferencias culturales, religiosas, ideológicas, etc.

* La perspectiva de la decolonialidad, que aboga por la pluralidad y equidad entre las diversas visiones de mundo.

* La recuperación de los sentimientos como parte fundamental de la racionalidad y de la actividad humana.

* La asunción de nuestra vulnerabilidad y fragilidad humana, la cual debemos aprender a afrontar por medios pacíficos, dejando a un lado la violencia y destacando la importancia de una ética del cuidado.

* La relación entre los seres humanos y su terrenalidad a fin de concebirnos como parte esencial de la tierra, con lo que reivindicar, al mismo tiempo, el cuidado del medio ambiente.

* La perspectiva de género, que nos lleve hacia una igualdad no sólo entre hombres y mujeres, sino que se extienda también sobre las desigualdades vividas por otras minorías, de sexo/género, raza o clase.

* La reivindicación de la cotidianidad, al considerar que la superación de cualquier crisis y, con ello, la construcción de culturas para hacer las paces, debe comenzar desde nuestras experiencias de vida cotidianas.

 

  1. ¿Cuáles pueden ser las contribuciones de los estudios para la paz tras la Covid-19?

 

Durante el encuentro, se concluye que las aportaciones de los Estudios para la Paz son fundamentales ante los efectos causados por la Covid-19. En este sentido, se considera que sus contribuciones son muy importantes en los siguientes ámbitos:

 

* En la política. Necesitamos otro tipo de política basada en un poder de la concertación y en un poder integrativo. Una política que nos aleje del miedo y nos acerque a la confianza. De ahí que sea importante sustituir los discursos belicistas por discursos de paz, a través de lo que no se polarice ni se incentive el odio.

* En las cuestiones relativas al género. Necesitamos más políticas de conciliación que vayan en pro de la igualdad. Necesitamos trabajar para conseguir una igualdad real en la participación de las mujeres en los asuntos públicos.

* En las políticas relativas a la economía. Se requieren políticas para una nueva economía más humana y sostenible, basada en la satisfacción de las necesidades básicas, el bienestar y la felicidad de las personas y el planeta. Necesitamos trabajar en pro de una igualdad en la redistribución de los recursos económicos.

 

Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz

MÁSTER UNIVERSITARIO Y DOCTORADO EN ESTUDIOS INTERNACIONALES DE PAZ, CONFLICTOS Y DESARROLLO

 

* En las políticas para afrontar la pobreza y las desigualdades. Necesitamos tener una mayor consideración de las y los más vulnerables y de las personas refugiadas, así como proponer alternativas a las políticas de inmigración actuales, y seguir reivindicando el cumplimiento de los derechos humanos globalmente.

* En las políticas relativas al medio ambiente. Necesitamos políticas que promuevan un mayor cuidado de los recursos naturales. Por ello, se considera necesario concientizar sobre las consecuencias negativas del consumo desproporcionado, de la contaminación ambiental, etc. Necesitamos asumir nuestras responsabilidades y aprender a decrecer en este sentido.

* En la educación. Necesitamos una mayor formación en valores a través de la inclusión de temáticas que complementen los currículums más oficiales. Necesitamos un fomento de las humanidades en general con el objetivo de cultivar nuestras capacidades para el razonamiento crítico, ético y creativo.

* En cada persona y su rol en la sociedad. Empoderarnos para hacernos conscientes de lo mucho que cada ser humano influye y puede hacer por el mundo con su actitud y sus decisiones diarias.

 

  1. ¿Qué futuro podemos imaginar tras la Covid-19 desde el pensamiento creativo y utópico?

 

Durante el encuentro, se pone el énfasis en el valor de la creatividad y de la imaginación para afrontar los desafíos generados por la Covid-19. Se cree que, tanto la creatividad como la imaginación, son competencias que permiten adaptarse, mucho más fácilmente y de una manera empática, a las nuevas situaciones. Así mismo, se considera que hacen posible afrontar estas situaciones de maneras alternativas a las acostumbradas. Teniendo en cuenta esta visión, durante el encuentro, nos hemos atrevido a imaginar un futuro caracterizado por: * Ser mucho más solidario.

* Buscar el reconocimiento de todas las voces como auténticos saberes.

* Tener en cuenta a todas las personas en la toma de decisiones.

* Priorizar la preocupación por los recursos naturales.

* Reconstruir una economía basada en el bienestar de las personas.

* Cuidar los derechos humanos básicos de todas las personas.

* Romper con todo tipo de desigualdades.

* Cultivar el diálogo y la comunicación pacífica.

* Revalorizar las humanidades, la paz, los sentimientos, etc.

* Promover una auténtica ciudadanía mundial creativa y pacífica.

* Fomentar, desde la educación formal, informal y no formal, nuestro empoderamiento para contribuir a las culturas de paz desde nuestras experiencias personales y cotidianidad.

 

Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz

MÁSTER UNIVERSITARIO Y DOCTORADO EN ESTUDIOS INTERNACIONALES DE PAZ, CONFLICTOS Y DESARROLLO

 

Recordando lo anterior, las personas asistentes al encuentro concluyen la importancia de adoptar un compromiso personal en los siguientes ámbitos:

* En el ámbito académico. Investigando y difundiendo cuál es la situación del mundo respecto a ese futuro que imaginamos y deseamos, así como los caminos que nos acercan a él.

* En el ámbito práctico. Iniciando, promoviendo y apoyando propuestas que ayuden a construir ese futuro deseado que imaginamos, cada uno desde nuestros campos y especialidades concretas: educación, economía, transformación de conflictos, lenguas, comunicación, etc.

* En el ámbito social. Reconociendo la interculturalidad, con un constante cuestionamiento y colaboración desde nuestra cosmovisión y enriqueciéndonos con las contribuciones de los demás.

 

 

Ana María Vega Gutiérrez- Directora de la Cátedra Unesco Ciudadanía democrática y libertad cultural de la Universidad de La Rioja

 

 

HACER DEL BIEN COMÚN UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA EN EL MUNDO POST-COVID-19

 

 

Ana María Vega Gutiérrez

Directora de la Cátedra Unesco Ciudadanía democrática y libertad cultural de la Universidad de La Rioja

Ana.vega@unirioja.es

 

El COVID-19 se ha convertido en el acontecimiento más significativo desde la segunda guerra mundial. En realidad, esta crisis no ha traído nada nuevo, simplemente ha hecho más evidente lo que ya existía. Ha sido suficiente para mostrar las contradicciones del orden mundial global y evidenciar lo que desde hace tiempo algunos venían vaticinando, esto es, que «el aumento de las desigualdades es, junto al cambio climático, uno de los principales retos a los que planeta se enfrenta a comienzos del siglo XXI» (Piketty, 2019: 784).

El PNUD lo corrobora en su reciente informe Human Development Perspectives COVID-19: Assessing the impact, envisioning the recovery, publicado en mayo. Allí se reconoce que el desarrollo humano global, como medida combinada de la educación, la salud y las condiciones de vida en el mundo, podría retroceder este año por primera vez desde la introducción de este concepto en 1990, en la mayoría de los países, ricos y pobres, de todas las regiones; lo que supone borrar todo el progreso logrado en los últimos seis años. Su impacto será desproporcionado en los segmentos más vulnerables de la población, lo que provocaría un empeoramiento de la desigualdad.

Además, la crisis arrastra potencial suficiente para encender o exacerbar las quejas, la desconfianza y la sensación de injusticia sobre el acceso a los servicios de salud, trabajos decentes y medios de vida, y generar conflictos que podrían socavar el desarrollo, la paz y la cohesión social. Por lo tanto, es necesario abordar los factores de fragilidad subyacentes al tiempo que se abordan las necesidades inmediatas derivadas de la pandemia.

El desafío es multidimensional y reta a la humanidad entera a repensar con profundidad la forma en que operamos como Estados, pero también y principalmente como individuos, como grupos y como comunidades. Nos ha enfrentado a nuestras debilidades e incertidumbres; nos ha obligado a parar y a confrontarnos con lo que somos y a lo que aspiramos. Tenemos medios cada vez más perfectos –al menos, eso creíamos–, pero los fines están bastante difuminados, cuando no perturbados. En definitiva, el COVID-19 nos está obligando a revisar nuestras prioridades en todos los niveles.

Para algunos, los impactos de la pandemia serán relevantes sobre todo en las relaciones internacionales, donde se harán más profundas las grietas que ya existían, y que responden a la lógica de anteponer las relaciones de fuerza al interés general, provocando una regresión generalizada, como pronostica Audrey Azoulay, Directora de la UNESCO. Otros no dudan en que se ralentizará el proceso de la globalización (Vattimo), al comprobar los efectos de una ausencia cruel de soberanía sanitaria en muchos países, entre ellos, Francia o España (Lipovetsky). En cualquier caso, las lecciones aprendidas con la pandemia apuntan a un modelo de desarrollo más sostenible e inclusivo.

Lo cierto es que muchas de las características que dieron forma a nuestra vida moderna, incluso postmoderna, se han visto gravemente afectadas por el COVID-19. Aunque se alzan voces que auguran una vuelta a la mentalidad de fronteras, propia de sociedades desconfiadas, me inclino más bien a pensar que la pandemia nos ha ayudado a redescubrir algunas de las facetas más nobles de lo humano: la solidaridad, el cuidado, la fraternidad, la confianza del uno en el otro, más allá y por encima de las fronteras. Ha habido más lucidez para reconocer que somos una familia humana que habita una casa común, nuestro planeta Tierra. Más que nunca, necesitamos solidaridad, esperanza, voluntad política y cooperación para afrontar esta crisis juntos (United Nations, 2020).

Bien es verdad que para asumir los compromisos que de ello se derivan vamos a necesitar, además de pericia médica y económica, una renovación moral y política –como certeramente apunta Sandel (2020)– que no eluda esta pregunta incómoda: ¿qué obligaciones tenemos unos con otros como ciudadanos? El bien común, no lo olvidemos, es un bien arduo de alcanzar porque exige la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el propio. Desde la perspectiva de los “bienes comunes”, no sólo es la “buena vida” de las personas lo que importa, sino también la bondad de la vida que los seres humanos tienen en común (UNESCO, 2015; Locatelli, 2018).

En este sentido, considero esenciales las aportaciones que podamos hacer las cátedras UNESCO desde nuestras respectivas especialidades al nuevo escenario post-COVID-19. Nuestro objetivo debería encaminarse a identificar ese nuevo humanismo reclamado por la anterior Directora General, Irina Bokova (2010). Pocas agencias internacionales como la UNESCO reflejan mejor el humanismo que inspira a las Naciones Unidas. Como señala el Preámbulo de su Constitución, la paz no se gesta «exclusivamente en los acuerdos políticos y económicos entre los gobiernos», como lo confirma la historia, sino que debe basarse en la «solidaridad intelectual y moral de la humanidad». Esto es, predisponiendo a las mentes para la paz mediante el entendimiento mutuo y la cooperación internacional en las esferas de la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación (artículo 1).

El momento nos ofrece también la posibilidad de no instalarnos otra vez en el antiguo estado de cosas cuando todo vuelva a la “normalidad”. Tendremos que renegociar un nuevo pacto mundial, un nuevo contrato social, y comparto con Mansouri, Director de la Cátedra UNESCO para la Diversidad Cultural y la Justicia Social de Universidad Deakin en Melbourne (Australia), que el diálogo deberá desempeñar un papel fundamental en el mundo post-COVID-19, que surgirá a medida que negociemos nuevos términos de nuestro orden social, económico, político y ambiental.

La apertura para comprender –la cultura– es esencial para interpretar a los demás y a uno mismo, para entenderse. En nuestra sociedad fragmentaria, sin canon cultural, esa mediación es muy débil, casi inexistente porque se consumen contenidos efímeros polarizados por la polémica, sin hallar un terreno común de entendimiento. A la falta de contexto cultural se añade otra carencia provocada por la tecnología: “el colapso del contexto”. Lo que en la comunicación “cara a cara” podemos manejar porque conocemos el contexto, se desploma en las pantallas porque ese contexto desaparece. Todo ello nos ha pasado factura en la gestión de la crisis de la pandemia.

Se ha discutido sobre las razones por las que los países de Asia oriental han logrado controlar la propagación de la pandemia mucho más rápidamente que las sociedades occidentales. Una clave radica en los valores culturales de esas sociedades donde prima el bien colectivo sobre lo individual. En otras palabras, los individuos siempre tienen que anteponer la comunidad a sus propios intereses. Por el contrario, las sociedades occidentales seguimos estando muy apegados a la noción de los derechos individuales y a la noción de que “puedo hacer lo que quiero hacer” y, por lo tanto, es muy difícil sostener un mensaje que vaya en contra de este tipo de norma social.

Este “individualismo posesivo” explica la creciente brecha de la desigualdad en el seno de las democracias avanzadas –que puede agudizarse tras la pandemia– y está en la base del sistema neoliberal de remercantilización angloamericana, fruto del maridaje entre el mercado y el poder político, según señala Anthony Atkinson (2016). Ese modelo auspicia una individualización frente a los riesgos sociales y, por consiguiente, la compra del propio bienestar por los ciudadanos sin interferencias estatales. En este horizonte, «los individuos pierden su sentido de lealtad institucional, circunstancia que se agudiza con la volatilidad de incertidumbres laborales. Los ciudadanos rehúyen la solidaridad con sus prójimos más allá de las mecánicas rutinarias y los hábitos colectivos, lo que aumenta su asociabilidad. Para un proyecto vital asocial –concluye Moreno (2020: 71)– no se necesitan mayores compromisos ciudadanos y los individuos gestionan los recursos relacionales atendiendo a su único provecho, y utilizándolos discrecionalmente».

Para afrontar la crisis post-COVID-19, y eludir o minimizar los riesgos descritos, no podemos renunciar al sistema axiológico europeo del bienestar social, asentado en la solidaridad y los derechos humanos como valores prevalentes frente al arbitrio y el autointerés individualizadores; antes bien, habrá que fortalecerlo. No podemos renunciar a la equidad como norma ética de justicia social. Debemos seguir propiciando el modelo social europeo que aspira a un crecimiento económico sostenido y sostenible basado en una promoción de la igualdad social y económica, un amparo de los más vulnerables y un partenariado social activo.

Suscribo con Sandel (2020) que el Covid nos ha obligado a revisar las funciones sociales y económicas más importantes: muchos trabajos esenciales durante la crisis no requerían título universitario, por lo que necesitamos transformar nuestra economía y nuestra sociedad para otorgarles remuneración y reconocimiento a la altura del valor de sus aportaciones, y no solo durante una emergencia. Para ello, «no podemos limitarnos a debates sobre el estado de bienestar sino reflexionar, como demócratas, sobre qué actividades contribuyen al bien común y como hay que recompensarlas sin esperar la respuesta de los mercados». Cada individuo tiene un papel que desempeñar, independientemente de su ubicación y de su función.

En definitiva, habrá que ir hacia modelos más sostenibles, más democráticos, más colaborativos, más lentos, y donde recuperen todo su valor la investigación, el estudio y el conocimiento. Sería lógico que la pandemia comportara un mayor interés del ciudadano por la inversión en conocimiento, lo que a su vez traería más inversión pública y más estímulos a la inversión privada. Las universidades y los centros de investigación deberíamos estar a la altura de esta gran responsabilidad.

Una última reflexión. Necesitamos entender y asumir que en la interconexión y la interdependencia está la clave. Si la aparición de un virus en un rincón del mundo ha demostrado tener consecuencias graves para toda la comunidad internacional, las respuestas deben ser colectivas y sistémicas, a la altura y a las dimensiones de las perturbaciones que estamos sufriendo. Habría que provocar alianzas de talento y redes de cooperación; imbricar a la ciencia con la sociedad.

Las universidades y, en especial las redes UNITWIN y las cátedras UNESCO, deberíamos ayudar a afrontar los objetivos socioeconómicos del nuevo escenario nacional e internacional a través de nuestra labor académica y científica, de manera que trabajemos con las sociedades menos desarrolladas y subdesarrolladas, a fin de construir sus capacidades en todos los sectores, incluyendo la salud, la educación, la economía y el empleo.

En la actualidad, la sociedad está confiriendo a sus instituciones educativas más responsabilidad social que nunca y las expectativas son altas. Ya no es posible seguir considerando a la Universidad únicamente como una institución para el desarrollo personal. En el contexto actual, el avance intelectual del individuo debe ir a la par de los objetivos más vastos del desarrollo sostenible, la reducción de la pobreza, la paz y los derechos humanos. Éste fue uno de los mensajes claros de la Segunda Conferencia Mundial sobre Educación Superior de la UNESCO, celebrada en 2009. El cometido de la educación superior consiste en dotar a la sociedad de capital humano y proteger las libertades básicas de pensamiento, opinión y expresión. Su otra función es «decir la verdad al poder», «ser la conciencia de la sociedad», como recordó Pierre Sané, Subdirector General de Ciencias Sociales y Humanas de la UNESCO (2009).

La búsqueda por la verdad y la coherencia vital con ella se traduce en un inquebrantable compromiso con la justicia, es decir, con el esfuerzo de reconocer y dar a los demás lo que les es debido. La solidaridad no es un mero buenismo; es una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, el bien de todos y de cada uno.

No podemos seguir mirando para otro lado, pues las nuevas realidades mundiales están exigiendo una educación más solidaria, una ciencia más realista y unas estrategias más eficientes. Las universidades de los países desarrollados deben salir del limbo de la irresponsabilidad en el que sumergen a las nuevas generaciones, que se limitan a buscar un provecho de ventaja individualista, dando la espalda a los dramas lacerantes que se viven en la actualidad.

El sistema universitario está en condiciones de asumir este desafío a través de diferentes cauces: por una parte, debería impulsarse más la investigación colaborativa en línea; la cooperación internacional y transfronteriza en las actividades de investigación es cada vez más esencial para producir sinergias. La “educación superior sin fronteras” ya no es tema de discusión. Es el nuevo amanecer. La crisis COVID-19 ha abierto los ojos de todos a una nueva visión de la internacionalización y de formas de conectar con las comunidades educativas de todo el mundo. Este es un mensaje positivo que todos podemos compartir y construir. Adoptar este cambio transformador contribuirá claramente a instituciones cosmopolitas más eficaces que estén a la vez más centradas en los estudiantes y en la comunidad. Este tipo de cambios pueden encontrar resistencia. Aquellos que se adapten rápidamente e inviertan en la formación pedagógica de su personal irán por delante.

Por otra parte, deberíamos aprovechar mejor las oportunidades propiciados por el diseño de titulaciones que permiten incorporar el valor de la solidaridad y de la responsabilidad social mediante prácticas, trabajos de fin de grado o de máster directamente encaminados a resolver problemas sociales o a paliar los efectos de la pobreza del propio entorno. Cobran aquí especial valor metodologías activas como el Análisis Basado en Problemas (ABP) y el Aprendizaje Servicio (Service Learning), por ser las más adecuadas para integrar el enfoque basado en derechos en la actividad universitaria, fortaleciendo así su papel como sujeto activo del territorio. Esta metodología permite a los estudiantes adquirir contenidos curriculares a través de la participación en un servicio voluntario: investigan y diagnostican problemas de su entorno, definen objetivos, diseñan proyectos, los ejecutan y los evalúan. El papel del docente es acompañarlos en este trayecto y aprender con ellos. El servicio se convierte entonces en un taller de valores y de saberes; y los estudiantes, en agentes de cambio, dispuestos a trabajar activamente para crear un mundo más justo.

En este mismo orden de cosas, debe recobrar impulso la Estrategia de Cooperación Universitaria al Desarrollo, aprobada por la CRUE en el año 2000 para potenciar y revalorizar nuevas vías para disponer del conocimiento y la investigación a favor de países menos desarrollados. Su objetivo fundamental es la búsqueda de mejoras sociales, mediante la modificación de estructuras injustas, ineficientes e irracionales, a través de programas que incidan preferentemente en la generación y difusión de conocimiento, en la formación de las personas, así como en la potenciación de proyectos aplicados. La Estrategia prevé una amplia gama de acciones: intercambio de profesores y alumnos de grado, posgrado y doctorado, formación de gestores y personal no docente, mejora de infraestructuras y equipamientos de Universidades receptoras, proyectos de colaboración en investigación asociados a acciones de desarrollo, proyectos de transferencia tecnológica adaptados a las condiciones locales, sensibilización intrauniversitaria e interuniversitaria, apoyo al tejido social de la cooperación, puesta en marcha y consolidación de programas propios de Cooperación al desarrollo o en colaboración con otras universidades u organismos, asistencias técnicas en países de actuación prioritaria, fomento de la colaboración con las ONGD en proyectos y programas, etc.

Tal vez lo que esta crisis haya puesto más de relieve es la necesidad de un liderazgo eficaz a todos los niveles, incluido el sistema educativo. Y ello exige redescubrir la significación política de la educación, que se manifiesta como una preocupación por la calidad pública de la solidaridad humana (Biesta, 2012). Nos enfrentamos a un desafío extraordinario, y no es momento de oponer lo público a lo privado, sino de que ambos colaboren. El momento requiere líderes comprometidos con el cambio social, imaginativos a la hora de diseñar políticas y capaces de emplear la confianza que se ganan para ser artífices de un verdadero cambio.

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